Yo viajo sola

Estoy sentada con Tate en el lado derecho del tren porque, como nos han dicho antes de que las puertas se abriesen en un estruendo de pistones y metal estridente, a la ida, es el lado derecho el que cuenta, con las vistas a favor del mar.

Pasados unos pocos minutos, Barcelona ya me parece quedar tan lejos.

Los perfiles de las casas, que surgen en la periferia enmarcada por los enrejados, me recuerdan más a las pequeñas aldeas del sur, hechas de cal blanca y grandes vacíos invernales, en lugar de las fachadas del barrio antiguo de pescadores, abarrotado de turistas a la caza de fotos panorámicas. Escondo detrás de las gafas un cansancio que no pertenece ni al pasado ya pretérito, hecho de madrugones y días interminables de rutina, ni al más reciente, hecho con la mochila a la espalda. El espacio de la vida adulta – cada vez más precario – el también hoy se aleja en un movimiento más parecido a un pacto, una tregua, un vuelo, tal vez una ilusión, típica de quien parte, esperando llegar a otro lugar.

tate ventana

Ayer por la noche, con el insomnio, que ha vuelto como una regurgitación involuntaria y dolorosa, he escrito en mi cuaderno una frase, encontrada en el libro Zen Y El Arte Del Mantenimiento De La Motocicleta, de Robert M. Pirsig: “Los planes son deliberadamente imprecisos, más por el hecho de viajar que por llegar a alguna parte”. Busco la libreta donde lo he apuntado, pero no la encuentro. Me gustaría enseñárselo a Tate para saber qué piensa ella de todo esto pero demoro la conversación mientras el mar aparece y desaparece, como una imagen interrumpida por algún fotograma quemado en una película. Ella me mira con los ojos que se hacen pequeños, rasgados por el sol que entra con un corte perpendicular, cegándola de vez en cuando la vista.

Ayer me llamó, proponiéndome una excursión: “¡ya verás, te hará bien!” Y asentí sin pensar en ello demasiado, apartando con un pie la mochila que después de mi regreso, reposa, olvidada ya bajo la pequeña cama de mi nuevo piso. Cuando, después de algunas horas, he visto resaltar su figura a contraluz, en la ventana que daba al mar, le he dado la razón: a mis espaldas, en el pasillo de su casa museo, se colaba, con un ritmo perfecto, la sinfonía para violoncello de Pau Casals. El resto del tiempo nos hemos quedado en la playa, intentando evitar el largo y enorme abrazo de las olas y luego comiendo, con el techo del cielo cambiante a cada giro de viento.

tate playa

Cuando estaba a punto de acabar mi fideuá, de repente me ha vuelto a la memoria un acontecimiento de algunos días atrás: dos chicas argentinas habían sido asesinadas en Ecuador mientras estaban viajando solas. Hemos discutido sobre cómo nos parecía fuera de lugar definir dos chicas que viajaban juntas como dos personas solas y luego hemos echado la vista atrás, a nuestros propios recuerdos, dándonos cuenta que de hecho, nosotras, habíamos viajado realmente solas.

Después me he hecho una pregunta a mí misma, reflexionando sobre si la contradicción (y la indignación) residía en la lógica de la relación entre número y adjetivo – ¿estaban solas, eran realmente mujeres solas aun siendo dos? – infringida a sabiendas o si, por el contrario, debe ir directamente a la raíz del asunto que se proponía, evidentemente, más como un problema de género.

¿Y si hubiera aparecido solo una chica en las fotos de la prensa? ¿Habríamos reaccionado de la misma forma o el hecho hubiera sido clasificado, no con poca tristeza, como el enésimo caso de “feminicidio”? ¿El problema reside en serio en el número o más bien en el hecho de que se dé por supuesto que una mujer sola o acompañada, -no importa mucho la diferencia en este caso – no pueda, no tenga que permitirse el lujo de gozar de la misma libertad que a un hombre se le otorga por defecto?

Me he acordado de los momentos – pocos, para ser sincera – de mi viaje, cuando me he sentido en peligro, expuesta, y he reflexionado sobre las elecciones que he tomado para evitar situaciones de riesgo potencial. Me he dado cuenta de que cada vez que he aceptado algo desagradable (cambio de ruta, evitar las miradas, etc.) he justificado y perpetrado el error en el cual todos, hombres y mujeres, continuamos cayendo y que consiste en el hecho de normalizar algo que de normal tiene poco, más bien nada.

Un error que todavía hoy produce demasiado horror.

Porque, queriendo ser sinceros, la cuestión de género es un tema no resuelto, presentándose como una contradicción incómoda y embarazosa que nos dice, claramente, que nosotras, las mujeres, todavía no somos libres o por lo menos no de verdad. He tenido siempre las cosas muy claras sobre esta realidad, es decir, sobre el hecho de que no se haya encontrado una solución para esta desigualdad latente, disimulada, maquillada de emancipaciones más ficticias que reales.

io viaggiando

He pensado en las expresiones atónitas y asombradas que he tenido que aguantar antes de partir, cada vez que afirmaba que sí, que este viaje lo estaba haciendo sola y que no tenía que sentirme valiente – como muchas veces me han definido con cara de admiración – ni especial. Complacerme del hecho de que estaba partiendo sola hubiera significado considerar mi elección como algo extraordinario cuando, al contrario, era algo que se tenía que considerar normal, sin distinciones de circunstancias. Yo, en relación a estas manifestaciones de perplejidad, he mantenido siempre una cierta calma: me he limitado a sonreír y a defender mi soledad buscada, deseada. Confieso que mi sonrisa se hacía más grande cuando me miraban con cara de espanto las mujeres – las mismas que por la sociedad siempre serán consideradas solas, aun cuando no lo están – más que los hombres.

La discriminación empieza a partir de estas sonrisas de estupor, se genera y regenera a través del miedo – que es legítimo pero no por eso deseable – de ser agredidas, violadas, asesinadas sólo por el sencillo hecho de ser mujeres.

Mientras estábamos volviendo a casa, un cambio repentino de la temperatura ha hecho tambalear los ánimos. El mar nos estaba echando con grandes suspiros impacientes. En el tren nos hemos sentado en el lado izquierdo, pero esta vez no se veía ni la sombra del mar. Nos quedaban sólo los restos de algunas luces que aparecían como una señal débil sin horizonte. Aun así, el calor en el vagón nos transportaba hacia un estado de dulce duermevela. La noche se estaba comiendo nuestras visiones oníricas de viajeras en camino, seres humanos orgullosamente solos.

ວັນອາທິດ

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Agita el micrófono entre sus manos y me hace señales para que me acerque.  En pocos segundos nos encontramos sentados en un pequeño patio, circundado por casas y chabolas, herramientas para trabajar la tierra y hamacas  que se mueven perezosas acompañadas por el viento. Nos hemos dejado llevar por los caminos del pueblo persiguiendo a la música que nos extendía sus brazos llamándonos ya desde el puente de bambú. Desde allí, Luang Prabang sólo consigue insinuar su belleza, que aún queda escondida, protegida por la ladera del río, donde aparece de tanto en tanto un pescador retirando sus redes. Pocos metros ya bastan para olvidar las calles pavimentadas, las deliciosas casas de estilo colonial, los templos rebosantes de túnicas naranjas tendidas al sol y las vajillas secándose al aire libre. Es suficiente con el dar la vuelta a la izquierda, dejando el río a nuestra espalda, para que la vida vuelva a manifestarse, proponiendo otra versión de los hechos.

Me coge por la mano y ofrece una sonrisa repleta de dientes blancos y buenas intenciones por el domingo dedicado al merecido descanso. Con su brazo derecho mece un niño que duerme tranquilo, no obstante la música, a alto volumen  que hace vibrar el pequeño altavoz posicionado encima de una silla de plástico. Lo envuelve con toda seguridad en su cuerpo macizo mientras con el otro brazo mueve al ritmo de la canción un vaso de cerveza, haciendo tintinear el hielo en cada brindis.

Hay más mujeres junto a nosotras, todas dispuestas en círculo para celebrar esta pequeña tarde de fiesta que en su programa prevé un karaoke, algunos cacahuetes esparcidos encima de la mesa, unas habas con sabor ácido y amargo y un residuo de botellas que descansan ya vacías en el suelo. Si tan sólo pudiéramos comunicarnos con esta gente, me quedo pensando, mientras observo sus charlas, únicamente interrumpidas por el estallidos de algunas risas. Las miramos y preparamos nuestras caras para que puedan exhibir grandes sonrisas. Al final, me digo, esa el la única sintaxis que nos podemos permitir: unos movimientos con las manos, un gesto fraternal levantando el vaso que nos acaban de ofrecer, algunas palabras aprendidas en los últimos días que repetimos como los niños en sus primeras experiencias en una terrible competición a obstáculos entre una amplia variedad de sonidos guturales.

No nos rendimos con facilidad, la adrenalina de la fiesta nos contagia en un ir y venir de canciones con un vago sabor oriental, y parece tan fácil iniciar una danza, al ritmo de un vals muy malo, evitando taburetes y niños que nos miran avergonzados como si fuéramos seres extraños llegados desde quién sabe dónde. Desde la calle grupos de gente siguen llegando sin parar, se asoman, se ríen de nuestras performances de canto, algunos vuelven a sus casas, otros piden más cerveza o algo de comer en el quiosco de a lado. Ya estamos ebrios por el alcohol al que nos invitan sin parar, demasiado difícil negarse. El juego es el siguiente: un cubito de hielo se desliza rápidamente hasta el fondo del vaso y no hay tiempo para poder decir que “no, muchas gracias” porque ya te encuentras con que tu vaso vuelve a estar repleto y es el momento del brindis de rutina.

Me mira con ojos brillantes ahora, me gustaría pensar que es por la felicidad, quizás por el hecho de estar celebrando un éxito, un golpe de suerte, pero la euforia sube de tono por cada botella que se descorcha, siempre más rápido. El alcohol desempeña su papel y la música está siempre presente. Cada poco, alguien coge el micrófono y se arranca a cantar. Se entregan totalmente a la tarea, sin dar un mínimo signo de cansancio. La melodía, a veces dulce, a veces dramática, se convierte en espectáculo de manos, los cuerpos inician a fluctuar, como raptados por una especie de éxtasis. En el fondo, como la escenografía pintada de los teatros, un hombre se mueve con indiferencia, cavando el suelo de tierra con una pala. De vez en cuando una de las mujeres le dirige la palabra, invitándolo a beber o cantar una de las muchas canciones que se repiten una y otra vez en del playlist. Él se queda mirando, sin la mas remota intención de participar en el juego. Se limita a sonreír tímidamente y sigue con su trabajo, como si el mundo, justo a pocos metros de su cuerpo, no estuviera cambiando, sacudido por  la euforia de las celebraciones que parecen tener que durar hasta el amanecer. Es su día de fiesta, de esto estoy segura. El momento de descanso después de una semana cuidando de la familia, del trabajo y de los problemas del día a día. Estas mujeres laosianas de fuerte temperamento, acostumbradas a aguantar cargas muy pesadas, moviéndose como las abejas obreras, construyendo con paciencia -y quizás algo de desilusión- una sociedad matriarcal. He observado a muchas de ellas a lo largo de estos días, y he conocido sólo a unas pocas. Tienen todas en común la misma luz en la mirada, guapísimas y aguerridas.

Nos despedimos de ellas, que ya está atardeciendo. Un abrazo final cierra el círculo. Mientras saludamos a lo lejos, la música se queda en el aire como un curioso recordatorio. La fiesta tendrá su fin solamente a bien entrada la noche.

Hasta ese momento, todavía queda tiempo para otra vuelta de Vals.

Pyin- oo – Lwin, solo ida

sguardi-treno

Han colocado todos sus cosas encima de las vías del ferrocarril y se han sentado en dirección norte con la mirada fija en la línea plana y ardiente que solo se verá interrumpida por la llegada del tren. En la dársena los comerciantes mueven perezosamente sus grandes abanicos para poder sobrevivir al calor de la mañana y ahuyentar las moscas que merodean hambrientas alrededor de las frutas.

He comprado un billete de segunda clase que cuesta el precio de un plato de arroz, con acompañamiento de verduras al curry puestas en pequeños boles, tal y como señala la tradición de Birmania. Me acostumbré a los precios desproporcionados propuestos en los panfletos, así que ya me parece normal tener que pagar el precio de un viaje de siete horas y gastar diez veces más por una noche en un hostal plagado por las pulgas.

A la llegada del tren, la multitud se ha dispuesto armónicamente en la fila que corresponde a cada uno de los accesos, y me ha parecido extraño el caer en un paradójico deja-vù. Por un momento, me ha venido el recuerdo de mi primer día en Japón cuando, perdida, estaba parada en la fila esperando pacientemente que terminaran con la limpieza de la modernísima e impoluto vagón del tren.

Una emoción fugaz, una petite madeleine que se ha disuelto en pocos segundos en el calor de una bulliciosa humanidad, preocupada en buscar sitio para sí mismos y para las cestas y pollos que portaban, sentados en los duros bancos de madera antes emprender el viaje. Antes de la salida, algunos vendendores se acercan a las ventanillas, pasando productos a las manos que menean algunos kyat a cambio de una pieza de fruta o un dulce recubierto de coco. Estas mujeres, envueltas en sus faldas coloridas, se mueven con elegancia y tratan de mantener el equilibrio, a pesar de su carga de mercancías de todo tipo. Un baile que dura pocos segundos, antes de que un grito interrumpa las negociaciones y el tren comience a moverse sobre las vías.

Me he acomodado en el banco de madera donde está escrito el número indicado en mi billete, no me parece nada casual que en frente mio esté sentada otra viajera, una joven checa que viaja en solitario y que cuenta con pena los pocos días que le quedan antes de tener que dejar este país. Sus ojos están hechos de agua marina, su pelo es rubio y muy fino y termina en un corte preciso justo antes de llegar a los hombros. La sonrisa reconfortante, acompañada por una verborrea que me mantendrá entretenida durante buena parte del viaje. Somos las únicas extranjeras en haber elegido la segunda clase, los demás quedan sentados justo a lado, sobre sus asientos forrados con materiales de segunda mano que en principio debería justificar el mayor coste del billete. Disfrutamos serenamente del paisaje, mientras que el vagón vibra a cada metro recorrido, causando una monótona danza, interrumpida sólo por  pequeñas paradas a lo largo del recorrido.

Me he levantado para poder observar el paisaje desde la salida lateral del vagón, siempre abierta al viento, a las casas de los campesinos y al cielo que cae espeso y azul intenso sobre la espalda de metal oxidado y abrasado del tren. Me he quedado como hipnotizada disfrutando de esa marcha lenta y relajada, de ese paso tranquilo, de la máquina que se hace hombre. Una maquinaria perfecta y un poco cascada, que deja tiempo al viajero para que pueda contestar con la mirada a los niños que, emocionados, agitan sus manos desde las puertas de sus casas.

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Cuando llegamos a un puente altísimo, el tren se detiene, suspendido. Suspira y resopla, titubea sobre la enorme extensión verde para luego lanzarse, espectacularmente en el precipicio que se abre a nuestros pies. La adrenalina de la espera de repente estalla en la intensidad de la mirada de una mujer que me observa desde una ventanilla junto a la mía. Nuestros miedos se funden en el mismo vacío y parece que no exista idioma, etnia o color de piel que pueda dividirnos en este respiro contenido que nos vincula estrechamente, la una a la otra. El miedo tiene el mismo olor y se desprende de nosotras en el mismo instante, lentamente, como el tren que nos conduce a salvo a la otra vertiente de la montaña.

Cuando retiro mi cabeza de la ventanilla, me doy cuenta de que la oscuridad en el vagón se ha hecho más grave, intensa. Un niño se queda acurrucado en la barriga de su madre, me mira, sonríe y luego bosteza contento. El tren solloza y luego se pone nuevamente en marcha porque el viaje continua, hasta la siguiente parada.

Saludos desde Hsypaw

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M. ha arrancado una hoja durante el camino y se ha acercado a pocos centímetros de mi nariz troceándola suavemente en dos. Después ha soplado en la pequeña fisura y una serie de burbujas se han liberado en el aire, justo como nos pasaba a mi y a tu madre cuando éramos pequeñas y llenar nuestras manos con jabón era una de las actividades más excitantes del día. Si tú hubieras estado aquí conmigo, habrías abierto los ojos y sacado una de esas sonrisas deliciosas que solo tú sabes dibujar sobre tu cara. Impaciente como eres, seguramente me hubieras rogado con un gesto brusco de la manita de repetir el experimento, y entonces yo te habría puesto la hoja justo en frente de los ojos y te habría pedido que lo hicieras solo, porque te gustaría aún más conseguirlo por ti mismo, sin la ayuda de nadie.

Nos hemos perdido en unos de los muchos pueblos que se esconden detrás de las montañas, aquí en el norte. Por el camino me he encontrado a muchos niños como tú, se paraban detrás de las vallas de sus casas y nos sonreían con entusiasmo, mientras a sus espaldas las madres los miraban atentas y con temor por esas caras nuevas que acababan de llegar, diciendo mingalaba – así se dice por estos lares- a sus hijos. He visto también los chicos un poco mayores que al sonido de la campana entraban obedientes en la escuela, sudados por haber corrido a través de inmensos campos y alfombras de the, que se secan al sol.

Los he escuchado a lo lejos entonar largas e inagotables letanías, repetidas para aprender la lección. Así me he acordado de tu primer día de escuela, cuando volvías con expresión de sorpresa por todas las cosas nuevas por las que habías pasado. No te has descompuesto para nada: te has sentado tranquilamente observando tus nuevos compañeros que suplicaban volver a casa con sus madres. Te he imaginado contento y he deseado que también los demás niños que he encontrado lo estuviesen. He deseado que, como lo es para ti, también para ellos la educación llegará a ser un derecho sagrado e inalienable.

De vez en cuando por aquí parece que sea complicado llegar a mayor, y quisiera que tú llegases a leer lo que ahora te estoy escribiendo cada vez que te parecezca inaguantable el quedarse sentado para poder aprender algo de nuevo. Llegar hasta aquí me ha costado un viaje furioso llenos de curvas sin piedad y ventanillas congeladas por el aire bombeado a toda fuerza para que el motor no se sobrecalientara. He llegado al amanecer, mientras todo el mundo seguía aun durmiendo. A lo largo del camino recorrido en la noche los pueblos estaban de fiesta porque la luna había crecido hasta hacerse enorme en el cielo, saludando a sus espectadores con una luz inusual. En uno de éstos, he visto a una niña que cantaba de pie, subida a un camión mientras la gente la seguía feliz con sus miradas, batiendo las manos al ritmo de la canción. Estaba vestida como una de esas princesas que te hacen estallar en gritos de alegría y me ha parecido muy bella, te hubiera caído bien.

Hace muchas semanas que estoy de camino. Tú esto quizás llegas a entenderlo por las veces que los mayores te piden que me saludes desde esa pantalla inútil que a ti solo te sirve para jugar. Me observas de reojo mientras te subes en la chimenea para intentar alcanzar un juguete dejado allí por la abuela, y después con un suspiro de derrota te acercas a mí, y si te encuentras particularmente animado me envías un beso con la mano, para luego escaparte como un rayo. A mí no me sienta mal, quería decírtelo, porque pensandolo bien me acuerdo que hemos crecido juntos de esta manera, haciendo de la distancia algo de normal. Cuando naciste habían dos mil kilómetros entre tu y yo. Me acuerdo que tenías sólo veinte minutos y yo me quedaba encerrada en el baño de la oficina llorando sola por esos pocos píxeles enviados por el abuelo. Tenías la cabeza aplastada y la mejilla hundida en la almohada, pero me parecías guapísimo y sereno. He tenido que esperar largos días antes de poder abrazarte y sentirme como la persona más frágil del mundo.

Ahora mis zapatos, que ya tienen las marcas de las fosas de los senderos recorridos, están suspendidos en el espacio, cogiendo el aire encima de inmensos paisajes que un día me gustaría que tú pudieras admirar con la misma emoción que siento yo ahora. Mientras estoy tendida en mi cama y las olas tocan a la puerta de mi habitación para poder entrar, te escribo esta postal. Quisiera que tú la guardaras para leerla el día que puedas. Tómate todo el tiempo necesario, ya sé que tendrás suficiente y que por un buen rato estarás ocupado en crecer, pensando en estar demasiado liado para poder prestar atención a mis palabras.

Quiero regalarte este instante de mi viaje, es un don muy pequeño que intento de vivir humildemente, una de esas cosas que nosotros los mayores utilizamos, si tenemos suerte para poder entenderlo cuando nos acercamos por primera vez a ciertos hechos a lo largo de nuestras vidas. Me he preguntado muchas veces que es lo que puedo enseñarte, mientras tu creces todos los días tomando pequeñas decisiones. Me he decidido a regalarte a mi vuelta estas zapatillas gastadas. Tienen muchas cicatrices llenas de polvo y barro y la suela corroída por el agua, los saltos, las escaladas…. Son de tela azul, del número cuarenta y uno, y las he pagado dos duros. Podrás poner tus pies en ellas cuando seas mayor, para que te queden bien y puedas andar sin miedo.

Mientras tanto, te envío un beso desde este lugar tan lejos llamado Hsipaw.

Con amor,

Tazaungdaing

candeleMuestra un escaparate de dientes manchados de betel y parpadea con sus largas pestañas que destellan como consecuencia de las luces del escenario. Él seguramente ya está listo para la foto. No tengo idea de cómo se llama pero está contento y emana una admiración embarazosa. Ha llegado agitando su smartphone como si fuese una bandera, como si se tratara de una gran conquista, y así se puso a posar para llevarse a casa su pequeño recuerdo con la extranjera. Estamos justo en medio de una marea humana que se mueve en éxstasis, desinhibida por ríos de alcohol. La fiesta se inunda de luces y olores extraños justo a nuestra espalda. La mezcla de gente llegada de las aldeas cercanas se vierte en la explanada donde el siguiente grupo está preparando la gran linterna que se librará en el cielo. Los observo apresurarse con sus longyi, arrugados por la confusión de piernas danzantes, y se asoman con una emoción peculiar, la misma que he sentido cuando leía por primera vez la historia de este país. Me digo -y lo pienso- que este año la luna llena llega con un entusiasmo que hacía tiempo que no se experimentaba. A las sonrisas que aparecen sin temor, se añaden las manos que se estrechan, los cigarrillos de regalo, un vaso de cerveza levantado al cielo como el último de una larga serie de brindis. Nos miran, estupefactos y entusiasmados, porque somos el espejo detrás del cual se han escondido durante muchos años, quizás demasiados. Somos el paso que se hace largo y rápido en la frontera por fin abierta, la felicidad por un cambio espantoso y extraordinario. Algo novedoso que está aún sin usar y que resulta demasiado preciado para ser echado a perder otra vez. En Taunggyi la noria se desplaza gracias a la fuerza de los brazos que la hacen mover justo por un giro que dura el tiempo de algunos gritos.Unos braceros se pasean para servir la carne preparada para la ocasión. La cerveza y el whisky se venden en quioscos a lo largo de las carreteras, mientras grupos reunidos alrededor de la enorme linterna de papel esperan para dejar escapar sus voces en el cielo en un gran canto de victoria. Me acerco con temor a la gran cola decorada con pequeñas velas, rodeada de hombres, mujeres y niños que sujetan como reliquia ese complejo entrelazamiento de cuerdas y mechas. La ceremonia de la ascensión dura el tiempo de un parpadeo: de repente una procesión fastuosa de luces se despliega delante de nuestros ojos. Es una ecuación peligrosa y espectacular aquel paso precavido que acompaña el equilibrio del ritual. El fuego se libera violentamente en el interior de una sutil hoja que se abre paso de forma espectacular frente al público. La forma va cambiando y toma vida bajo la potencia del aire caliente, poniéndose en pie, como un soldado obediente, y así es como vemos levantarse ante nuestros ojos la linterna. Las llamas tiemblan con el viento y los cantos quedan suspendidos sobre las manos que religiosamente se ocupan de que no se caigan. Los gritos se juntan en un juego rítmico de incitaciones. Hay un intervalo de pocos segundos antes que la maravilla explote en un aplauso que  cierra con las danzas que celebran el éxito del juego. Desde arriba el papel tensado por el viento muestra todos los colores, un cielo tan negro no se había visto nunca. La luna se asoma entre los fuegos pirotécnicos que brillan en el aire  y encima de las cabezas contemplando la felicidad que se confunde con el terror y la adrenalina.

Merece la pena arriesgarse. Arriesgarse a ser golpeados por los restos de los fuegos, por la explosión repentina de un petardo que, como las gotas, caen sobre las miradas atentas. Arriesgarse a ser matados por el exceso de belleza y las ganas de libertad.

El festival de luces, conocido también con el nombre de Tazaungdaig, se celebra el día de luna llena de Tazaungmon (el octavo mes en el calendario birmano) y se considera como fiesta nacional en Birmania, marcando también el final de la estación de lluvias. Para la ocasión, distintas y enormes linternas son liberadas en el aire, en un espectacular juego de luces y colores. Con el transcurso de los años, en el festival se han cuantificado numerosos incidentes, incluyendo muertos y heridos, por causa de la caída repentina de algunas linternas y de los incendios generados por la explosión de petardos que, cayendo desde el aire en el momento de la ascensión, golpearon como metrallas enloquecidas a los espectadores que presencian el evento.

Geografías humanas

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El cuerpo de S. es un manojo de nervios y sus músculos destellan al sol a primeras horas de la tarde. Lo veo mientras se para perplejo frente a un motor averiado y, sin pensarlo demasiado, se ajusta su longyi con un gesto rápido y natural, pasando entre sus piernas la tela que sobra. Depués de varios intentos fallidos, ha decidido acercar el barco a la orilla para descubrir por qué la hélice se mueve con dificultad, transformando el viaje en un lento y fatigoso toser. Una vez iniciado el viaje hacia Mawlamyine, me ha preguntado mi nombre, mientras sostenía el timón con su mano y miraba hacia adelante, regalando sin avaricia grandes sonrisas. Pensé que nunca habría podido acertar su edad. Viéndolo así podría haber apostado que tendría entre treinta y cincuenta años porque cada cosa en su cuerpo sugería experiencia y la sabiduría del paso del tiempo. Al partir, me confesó que tenía cuarenta y tres. Me hablaba con aire satisfecho y sin perder de vista el grupo exiguo de casas que iniciaban a perfilarse en el horizonte. Observé los paisajes espectaculares que se sucedían con cada metro recorrido: pequeñas casas de bambú, pescadores elegantemente en equilibrio sobre lanzaderas de madera y redes en sus manos, niños en los brazos de madres que a nuestro paso rompían en saludos desde la distancia, con sus manitas vibrantes y entusiastas. Supongo que cada dia, a la misma hora, el espectáculo de pequeñas embarcaciones cargadas de extraños individuos equipados de cámaras fotográficas y gafas de sol desfilan delante de sus ojos, y que cada dia, a la misma hora, sus rutinas se detienen por aquella pausa de bienvenida y despedida demasiado efímera para poder ser asimilada como algo diferente. Me pregunto que piensan de nosotros, de esta pequeña y gran novedad que lentamente se está masificando con la apertura de las fronteras. El otro día, mientras merodeaba por las callejuelas de Hpa-an, me paré para comer algo en una de las tantas mesas donde estacionan sartenes humeantes, arroz blanco en cantidades industriales y pequeños trozos de carne, acompañados de verduras y especias picantes, todo presentado en minúsculas porciones. Algunas categorías de comida, como por ejemplo la carne, en Birmania se venden en cantidades muy limitadas y sinceramente no me cuesta mucho entender el porqué. Justamente la noche anterior había tenido ocasión de leer en la “Cartas desde mi Birmania” de Aung San Suu Kyi este párrafo:

La inflación es el peor enemigo de las amas de casa en Birmania, obligadas, por las necesidades cotidianas de sus familias, a estirar sueldos siempre más limitados. La visita al mercado ha llegado a ser una difícil carrera de obstáculos en la que la ama de casa tiene que moverse con cuidado entre precios imposibles y trampas de mercancías de muy mala calidad (…) Con el precio de la carne por las nubes, el arroz frito del desayuno ya se condimenta casi solo con verduras, y ni siquiera abundantemente. El precio de las verduras se incrementado en proporción, incluso más que el de la carne.

Mientras saboreaba mi primer plato, observaba la expresión curiosa de las mujeres sentadas en mi misma mesa, y me las imaginaba absortas en las cuentas de la lista de la compra, siempre más corta y complicada. Intenté intercambiar con ellas algunas palabras pero estoy todavía atascada en el “muchas gracias”, “no hay de que”, “buenos días” y demás expresiones de gratitud y súplica para conseguir un contacto humano que me permita ir más allá de las apariencias.

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Frente al puesto del mercado en el que me encontraba sentada, un grupo de chicas estaban ocupadas cosiendo. Movían todas la cabeza al ritmo de una canción pop y parecían extremadamente concentradas en el trabajo. Me acerqué para saludar y me recibieron con risas y una timidez deliciosa. Pedí permiso para hacer una foto y algunas se apartaron, perplejas, mientras que otras me han animado con una mirada segura. Después de haber dado las gracias juntando las manos, una de ellas me ha llamado, pidiendo una nueva fotografía. Estaba tan feliz que, ahora que he seguido con mi viaje, me dedico a mirar esa expresión que reluce en la foto a lado de mi cara bronceada y estupefacta por tanto entusiasmo. Estamos a punto de llegar a Mawlamyine, han desaparecido las últimas casas de pescadores a lo largo de la orilla del río, a lo lejos aparece la ciudad, con sus pequeñas dársenas, que se despliegan delante de las embarcaciones a la llegada. De lejos se puede ver la silueta en contraluz de alguien que espera, y pienso otra vez y con más intensidad en la geografía de lugares y personas que están lentamente cambiando mi andar.

Saludos desde Mae Sot

mae sot

He fumado el ultimo cigarro antes de ir a dormir y me he quedado junto a la puerta pensando que no hemos conseguido hablar, la conexión ha desaparecido de repente. Si hubiese podido, te hubiera contado que esta tarde, mientras vagaba por las calles de Mae Sot, he encontrado un grupo de chicos que holgazaneaban. Uno de ellos llevaba una camiseta roja que ponía “Paris” y me he preguntado si él realmente sabría lo que había ocurrido el viernes pasado en la capital francesa, pero supongo que solo ha sido una simple coincidencia. Creo que eran birmanos y que vivían en aquella parte de la ciudad cercana a la carretera principal, donde han sido construidos una sala kitsch para ceremonias y el grande centro comercial Tesco, útil para comprar cualquier cosa si estas dispuesto a pagarla por lo menos al triple de lo que realmente cuesta. Pasé por allí ayer en la noche, el primer día que llegué: familias enteras aparecían a lo largo del camino, bombillas improvisadas colgaban de las chozas iluminando sus caras, algunos niños sentados en suelo jugaban con utensilios, alguien arreglaba la antena de una televisión, otros conversaban tranquilamente, ocupados en consumir una comida frugal, protegidos detrás de los hierros oxidados de sus vedas. He visto mucha pobreza y me he acordado de la primera vez que pisé suelo en una favela en Brasil, cuando descubrí este sentimiento de paz que se respira cuando se está en Casa, y no importa demasiado si el techo está fabricado de cemento o simplemente de hojas. Me he preguntado como vive un birmano en Tailandia y tal vez es por esto que me he tomado una pausa del viaje en este territorio de frontera. Imagino que no te parecerá para nada raro, pero me siento mas a gusto en este sitio, lejos de las fiestecillas preparadas adrede para los turistas, lejos de los tuc tuc con la tarifa para visitantes y de los restaurantes con los menús en ingles. He llegado hace dos días con la intención de parar solo para una noche y al final me he quedado empantanada en la humanidad mestiza de esta ciudad, observándola desde lejos y en solitario. Aquí se respira un aire de puerto de mar, donde se cruzan razas, culturas y religiones diferentes, las bocinas suenan maliciosamente al pasar y las ventanillas de los coches son impermeables a los ojos. Alguien me había aconsejado pasar por aquí. En este lugar del mapa es más fácil encontrar problemas que dviersión. Pero luego he pensando en lo que me dijo hace unos días un experto  viajero. Que el miedo es lo peor que te pueda ocurrir en la vida, así que no me lo he pensando dos veces. Mi hostal está a 5 kilómetros del Puente de la Amistad, de vez en cuando encuentro un occidental en bicicleta que me sonríe, casi buscando solidaridad. En el mercado las mujeres, agotadas, apoyan la cabeza sobre las mesas en los puestos infestadas por las moscas, confundiéndose entre intestinos expuestos al sol y sapos jadeantes, atrapados dentro de redes de color verde. Todas se cubren el rostro con un masa especial de color beige, el thanakha, para protegerse del sol. Intento adivinar si se trata de Karen o Shan, minorías étnicas que huyeron a mitad de los años ochenta desde el caos del régimen militar, pasando ilegalmente la frontera con Tailandia. El calor es insoportable y recuerdo las historias que me han contado sobre una Birmania húmeda y sofocante. Me paro porque necesito beber algo para hidratarme. Casi nadie entiende el inglés pero me estoy acostumbrando al conjunto de sonidos que llegan a mís oídos, raros y frustrantes, que me recuerdan el cansancio del viaje y su valor. Cuando recibas esta postal, probablemente estaré sentada en unos de los tantos camiones que desde el centro me llevaran directamente a la frontera. Te dejo con la imagen de un sitio contradictorio y fascinante, estoy segura que como yo, tu también tu hubieras sentido cómodo y feliz atravesándolo.

Un abrazo desde Mae Sot.

A un paso de la frontera, mis días tailandeses

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En la calle de mi hostal en Sukhouthai los restaurantes han nacido como setas para contentar los turistas que llegan cansados por el calor y el largo paseo por el parque. Los menús parecen reproducirse como copias idénticas de la misma oferta: fotos atractivas de cafés que se reducen a un triste menjunje marrón mezclado con hielo abundante, pancakes, waffles y bananas split. Las primeras páginas están dedicadas a la comida tailandesa, con diferentes variantes de pad thai, carne de pollo o cerdo, normalmente acompañadas con papaya verde, curry y otras especias típicas de la cocina local. Los precios están todos por encima de la media. Las camareras te llaman desde la carretera, como si estuvieran rezando, repitiendo con una letanía siempre las misma palabras. La parada, inevitable, sirve para superar las horas muertas de la tarde, agotadoras por culpa del calor del sol intenso y la casi total ausencia de sombra. Me he quedado dándole vueltas y al final he decidido sentarme en una esquina, para recibir la bendición de una efímera bocanada de aire. El ventilador se movía de forma monótona de un lado al otro y he empezado a tomar pequeños sorbos de algo semejante a un cappuccino congelado. He rebuscado en el bolso para controlar que tenía todo lo necesario: la cartera, las llaves, el pasaporte con mi nueva visa. Después de casi dos semanas en Tailandia, me llevo conmigo la carga de una confusión parecida al campo de batalla que reina sobre mi cama. Los días se han acumulado frenéticamente, pero mi andar es lento y dubitativo. De la calma japonesa han quedado pocos recuerdos. Del caos tailandés consigo juntar algunas migajas. Tengo el recuerdo del primer día a Chiang Mai, cuando me he quedado parada durante algunos minutos en la carretera principal, observando los coches y las motos abalanzarse frenéticamente sobre el asfalto. Me he sorprendido de mi torpeza al enfrentar la situación, no sabia cómo hacer para cruzar la calle. Mientras esperaba, me ha llamado la atención una pagoda que brillaba al sol como una piedra refinada. Así que decidí cambiar de dirección y tomarme un tiempo antes de cruzar. He entrado en el templo y he tratado de maravillarme de la primera impresión, antes de que todo se transformase en una imagen repetitiva dentro de mi cabeza. Había un olor fuerte pero no he conseguido reconocer su procedencia. En el fondo de la sala, diferentes budas apilados uno tras el otro me observaban impasiblemente desde el otro lado del altar. Me he sentado un momento, sintiéndome vacía. He necesitado del silencio para recoger aquel cambio violento que tardaría varios días en diluirse de mi cabeza, detrás de muchas curvas y encuentros imprevisibles. La misma noche, he visitado un bazar y me he perdido dentro de un templo. Estaba iluminado con algunas luces artificiales que lo hacían mas hermoso que todos los otros que había visto con anterioridad. Un grupo de monjes adolescentes trabajaban en pequeñas tareas de manutención, otros bebían zumos de fruta, disfrutando del merecido descanso. Me he quedado observándoles durante un rato y me he sentido aliviada. Al volver a la calle encontré todo tipo de distracciones: un bar con luces suaves y cócteles deliciosos, chiringuitos de comida humeante, masajistas encaramadas sobre tumbonas de plástico esperando al próximo cliente, y chicas atractivas que movían las cabezas al ritmo de la ultima canción. Desde el visor de mi cámara he capturado un instante: una chica tumbada sobre una mesa de billar me daba la espalda, con su top apretado y sus vaqueros provocativos. He intentado descubrir cuantos años tenía pero, luego he pensado que me era suficiente con seguir observando para extraer mis conclusiones. Me he aproximado un poco mas para enfocar, la imagen se quedaba fluida bajo el reflejo del neón. Alrededor todos parecían pasárselo bien, aprovechando los días de vacaciones.

Han pasado ya trece días y de vez en cuando pienso todavía en aquel momento, tiene a ver con aquella mezcla de sagrado y profano que he metido dentro de mi maleta. Ahora que me estoy preparando para partir hacia un nuevo País.

Saludos desde Japón

tokyo by night

Tokyo aparece y desaparece, como una serie de diapositivas que se mueven delante de los ojos al disparar un botón. Te acuerdas de esa vieja máquina que teníamos cuando éramos pequeñas? Nos sentabamos, después de cerrar con cuidado las cortinas, y la habitación se quedaba en un silencio irreal. El polvo caía sutil delante del ojo iluminado por el proyector, pasábamos las manos encima, doblando los dedos de manera divertida improvisando sombras chinas que se transformaba en grandes mascarones en la pared. Era un juego que se consumia en pocos minutos, justo antes que el primer cargador de imágenes de la ultima vacaciones en el monte iniciara su desfile delante de nuestros ojos. Estoy sentada en el tren que me lleva al aeropuerto, todavía acalorada  por la carrera que hice intentando encontrar la estación ferroviaria justa. He dejado mi gran mochila junto a mi y he apoyado mi brazo encima, como a buscar una posible seguridad en esta pieza de anticuariado de los años ochenta, un préstamo inesperado del último momento en el que todo el mundo me observa con curiosidad. Yo la verdad es que creo de haberme aficionado y un poco me pone triste la idea de tener que desprenderme de ella una vez que haya vuelto a mi casa. Después de algunas paradas subterráneas, la ciudad vuelve a aflorar en las ventanillas, una visión residual de los edificios iluminados que me induce a una melancólica sonrisa. Veo caras cansadas e rostros concentrados sobre libros y móviles, y a algun viajero que intenta cuidar de su maleta desafiando a las leyes de la gravedad. Hay un movimiento armonioso de gente que espera su parada, rezando de memoria su oración diaria. Yo me aprieto a la mochila que ha tomado las apariencias humanas de un compañero de viaje y pienso a los días en Japón que se van escurriendose de mis manos demasiado de prisa. Es un sensación muy difícil de explicar, quisiera igualmente que tu pudiera probar aunque solo una vez este anhelo, seguramente asi entenderias muchas más cosas de mi. Desde que llegue en este sitio, el tiempo ha iniciado a funcionar de manera diferente. Por ejemplo, las horas se han dilatado, una tarde, al caer el sol, mientras miraba las olas romperse suavemente contra el gran torii de Myajima (puerta sobre el mar que se abre al templo) – me quedè sentada sin conseguir entender qué hacer de tanta belleza que se desplegaba delante mi: has tenido tú alguna vez el mismo problema? Quedar quieta en un sitio sin poder aguantar la responsabilidad de una visión?- u otra vez, mientras paseaba por el sendero sagrado de Koyasan o entre los pequeños templos en Nara, y luego se han contraído en la emocionante carrera de los primeros días, perdida en medio de los elegantes senderos cuesta arriba de Kyoto, en los discursos surrealistas tenidos con la señora sentada en un banco mientras esperaba el tren a Okayama o en las carreras en bicicleta, intentando llegar hasta la cima más alta en Naoshima, en el intrincado laberinto de colores de Tokyo, de sus ventanas y museos maravillosos, ciudad imponente y extraordinaria, nunca aburrida. En Japón he olvidado el nombre y el sucederse de los días, reteniendo sólo algunas fechas importantes. Y me he sentido como en casa, sensación que recuerdo haber tenido en la vida solo en otra ocasión, hace unos diez años atrás. Así que, como te podrás imaginar, me siento un poco confusa. Estoy sentada en este tren – uno de los muchos que me han transportado a través de este magma que es la metrópoli en esta última semana – y estoy preparándome por una despedida apresurada, pasando una lista imaginarias de rostros y discursos.

Lo que queda se disuelve lentamente en estos últimos treinta minutos, en la línea ferroviaria directa a Haneda. Quiero dedicarte esta mia ultima postal antes de dejar este país, porque me parece que, en resumidas cuentas, nosotras dos juntas siempre hemos sido un poco así: dos tiempos que acontecen, cómplices y distintos, en el mismo momento.

Un beso en la barriga desde Japon.

Saludos desde Nakameguro

specchi omote

La calle que he cogido se extiende a lo largo de una antigua galería, construida probablemente en los años 80. La arquitectura me recuerda vagamente a las vías elegantes de Kioto, pero en cuanto miro hacia el horizonte, la barrera de altos edificios que se ennegrecen a contraluz me devuelve de inmediato a Tokio, la más increíble caja china urbanística que he conocido. A primera hora de la tarde, los colores del cielo se han hecho más intensos –la noche aquí pide espacio con más arrogancia y me parece estar en una eterna lucha contra el tiempo– y esta parte de la ciudad guarda las tonalidades más cálidas del otoño y de las cosas que no duran. He llegado al puente con el aire que soplaba fuerte, desde hace dos días el viento se ha levantado haciendo volar alrededor hojas, faldas, pancartas y mi pelo que nunca consigo tener en orden como me gustaría. Me he movido a lado de esta gran avenida y he pensado que me habría gustado volver en invierno por el hanami, para admirar las flores de los cerezos que cambian el color del cielo y del agua con sus reflejos hipnóticos. Pero luego he entendido que probablemente habría perdido el privilegio de esta espléndida soledad y he empezado a pasear, dirigiendo la mirada hacia el río. Había una paz alrededor que me ha hecho olvidar las rápidas carreras de los trenes y me ha traído a este espacio donde algunos ciclistas transitan tranquilos entre una calzada y la otra, las personas mayores dormitan sin molestias en la sombra y los niños vuelven a casa con sus exquisitas gorras ajustadas sobre la cabeza, brincando por el camino con el aire un poco perdido. La orilla lateral del río está protegida por árboles majestuosos, arraigados entre la tierra y el hormigón. Tienen los brazos colgando sobre el agua y sus hojas sutiles se mueven en el aire, alterando la calma a cada disparo de foto. Un poco más allá está el resto de la ciudad que patalea, algunos coches que corren como rayos sobre el otro puente me lo recuerdan de repente. Te he imaginado en este lugar, sentada en un banco a fumar un cigarro a escondidas. Te habría encantado la atmósfera, el azul que se filtra en el naranja de la tarde, justo un momento antes del atardecer. Habrías robado una hoja desde la acera y la habrías puesto entre las páginas de un libro para luego volver a encontrarla por casualidad un día, sin acordarte de que era un souvenir de Japón. Habrías fruncido el ceño y luego habrías explotado en una de tus sonrisas nerviosas, maldiciendo la absoluta falta de memoria por las cosas que te acontecen. Yo te habría sonreído, quedándome pasmada frente a la manera tan ligera que tienes de mostrarte en toda tu complejidad y muy probablemente luego nos habríamos tomado algo, repasando un rosario de las anécdotas más absurdas, típicas de los viajes en solitario. Pero hoy, te lo quería decir, he atravesado Tokio de puntillas, con un boceto improvisado en mi cuaderno de un mapa que me llevaba de un punto a otro, como una hoja dejada a merced del viento y he entendido que esta ciudad se te parece un poco. Hay una concreción constantemente amenazada por recorridos cambiantes, apuestas visuales, provocaciones, interrupciones y armonías de formas. Las esquinas que se elevan a muchos metros de altitud brillan con el reflejo de enormes vidrieras para luego después precipitar la vista sobre pequeños e insólitos locales, donde chiquillas de uniforme beben café, hundiendo felices sus cucharas en postres elaborados. Me he perdido con mucho gusto durante un rato, mirando mi reflejo en los escaparates de Omotesando, subiendo unas calles en una colina que me llevaban al Watari-um, un museo de arte contemporáneo. En un cruce me he parado enfrente de un santuario que reposaba a los pies de un edificio enorme, una idiosincrasia de formas y significados que se peleaba con el panorama. Enfrente se veían muchas lápidas erguidas que dividían el cuadro en dos partes. He visto Fukushima, desierta e inquietante, desde la pantalla de una instalación. Las calles sin vida de la ciudad temblaban detrás del reflejo de las ondas magnéticas. Alrededor brillaban fluorescentes, relojes con husos horarios distintos y había una atmosfera estática y tremendamente tranquila. En el museo había una sala llena de libros y mujeres con esmaltes de uñas de colores improbables que hojeaban libros y tomaban notas en un idioma demasiado lejano para nosotras. Me he sentado a beber un café y de nuevo te he pensado. Había una chica totalmente absorta en su lectura y me he quedado para observarla durante un buen rato, mirando un libro que me hablaba solo a través de las imágenes. Me habría gustado beber contigo un café en una taza sin fondo para tener la excusa perfecta de perdernos en nuestra efímeras conversaciones. Esta noche la ciudad tenía una luz diferente, he caminado recorriendo una serie infinita de espejos y tiendas y, de camino a casa, me ha parecido verte volver andando mientras te dabas la vuelta para saludarme una última vez, antes de alejarte a lo largo de una de estas calles, para mí, inalcanzables, donde se halla tu casa.

Saludos desde esta pequeña parte de la ciudad.